El profesor Sisley y su antiguo compañero de la universidad Martin Adams habían pasado un par de semanas sin verse; ahora disfrutaban de la mutua compañía, leyendo el periódico en sillones contiguos en la espaciosa sala del club de caballeros de Park Avenue.
De vez en cuando intercambiaban algún comentario. Sin embargo, hasta ahora los comentarios se habían limitado a un «Puff, el periodismo» (comentario de Adams) y «Psst, el periodismo» (comentario de Sisley). En eso, el profesor Sisley leyó algo que lo tornó más locuaz:
—¡Qué muerte más oportuna —dijo— la de este tunante de Grandby!
—Morir no es nunca del todo oportuno —respondió Adams—, al menos, no lo es para el que muere.
—Pero en este caso, tampoco es del todo inoportuno —dijo Sisley—. Mira.
La noticia decía:
ACCIDENTE EN ÁFRICA
Muere el financiero J. Grandby
El economista J. Grandby, que ganó notoriedad el pasado mes de enero cuando se descubrió que había vendido todas sus acciones en la compañía Murphy Gold, de la cual era director, pocos días antes de que esta quebrara, murió al precipitarse a tierra una avioneta en Kenya. Grandby, cuya conducta y patrimonio estaban bajo estrecha vigilancia de las autoridades financieras, se encontraba participando de un safari de caza en ese país hace pocos días.
Un par de fotos ilustraban la noticia: una mostraba los restos de la avioneta siniestrada, la otra a un sonriente y barrigudo Grandby con un fusil adaptado para el disparo de proyectiles cargados con narcóticos, acompañado por un par de guías locales ante una jaula en la que un tigre se prestaba a la toma de notoria mala gana.
—Nunca ha sido muy fino, pero esta vez se ha pasado —dijo Adams—. ¿Quién puede tragarse esta patraña?
—Pues en el periódico han picado —respondió el profesor Sisley.
—¡Qué torpe, pero qué torpe! Ni siquiera se ha molestado de tomarse una foto en África.
—Al menos los «guías locales» parecen negros de verdad. Lo único que le faltaba era tomar un par de matones blancos y pintarlos con carbón.
¿Por qué saben Adams y Sisley que Grandby no ha muerto?
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viernes, 4 de mayo de 2012
domingo, 4 de marzo de 2012
EL VEINTE POR CIENTO DE NADA
A veces, el profesor Sisley se definía
a sí mismo como un arqueólogo con un hobby, la investigación criminal; otras,
prefería decir que era un policía retirado y un arqueólogo amateur; la mayor
parte del tiempo, no se preocupaba por las definiciones. En todo caso, esta vez
era la pasión por la arqueología, en particular por la antigua cultura muisca,
la que lo había llevado a Tunja, en el departamento colombiano
de Boyacá. Allí estaba, tomando un whisky en la barra de su hotel, cuando un
locuaz cuarentón, con acento británico y el rostro completamente curtido por el
sol, se sentó junto a él.
—¿Qué tal, Doc? Yo, personalmente,
feliz de haberme podido dar al fin un buen baño y afeitarme una barba en tres
meses, después de hacer un recorrido increíble por estos andurriales.
—¿Turismo? ¿Aventuras? —preguntó
brevemente Sisley.
—Más bien aventuras, diría yo
—respondió el desconocido. Y, bajando la voz, agregó—: Esmeraldas.
—¿Ah, sí?
—Sí. He encontrado unos yacimientos
increíbles. Hay que meterse en balsa y en bote por ríos grandes y pequeños,
recorrer tramos accidentados en vehículos todo terreno y finalmente andar bajo
el sol implacable, pero allí están. Ahora estoy buscando socios para iniciar
una explotación. Hace falta una gran inversión, pero estoy dispuesto a
compartir el veinte por ciento con el que me respalde.
—¡Qué pena, que el veinte por ciento de
nada sea nada!—replicó Sisley—. Más vale, amiguito, que pagues tu propia copa y
te vayas por ahí a buscar incautos más incautos que yo.
domingo, 18 de diciembre de 2011
EL LIBRO
Un delincuente entra en una casa para robar una importante colección de joyas de gran valor comercial.
Al salir de la casa con su botín, vió una sombra que desde el segundo piso lo observaba atentamente.
Sin pensarlo entró nuevamente y subió hasta el piso en el que se encontraba la persona y la asesinó con un disparo en la cabeza.
El cuerpo se desplomó sobre el escritorio manchando de sangre el libro que hasta hace poco rato el individuo leía.
El asesino mira el libro y se da cuenta de que había cometido la mayor estupidez de su vida.
¿Por qué?
Al salir de la casa con su botín, vió una sombra que desde el segundo piso lo observaba atentamente.
Sin pensarlo entró nuevamente y subió hasta el piso en el que se encontraba la persona y la asesinó con un disparo en la cabeza.
El cuerpo se desplomó sobre el escritorio manchando de sangre el libro que hasta hace poco rato el individuo leía.
El asesino mira el libro y se da cuenta de que había cometido la mayor estupidez de su vida.
¿Por qué?
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